Publicado el 7 de febrero de 2008
Los periodistas tienen de qué preocuparse. Sus defensores parecen menos eficaces que nunca. Que Reporteros sin Fronteras escriba estas cosas puede parece extraño. Sin ser adeptos de la autoflagelación - hace mucho tiempo que conocemos nuestras fuerzas y nuestras debilidades-, hay que decir, sin embargo, las cosas como son : los periodistas no están ni correcta, ni suficientemente, defendidos en el mundo.
Los Estados más represivos del planeta no quieren tener nada que ver ni con la libertad de expresión, ni con sus apóstoles. A las organizaciones no gubernamentales les prohiben la entrada, o las arrojan fuera de las fronteras del país donde, sin embargo, serían de gran utilidad. Las grandes instituciones internacionales pueden protestar, amenazar con sanciones, llevar a los tribunales a los más prestigiosos para que les condenen ; pero no han hecho nada. Los predadores de la libertad de prensa hacen oídos sordos. Nuestra impotencia es su fuerza.
Con frecuencia la Unión Europea se erige en portavoz de los militantes de los derechos humanos. Y, sin embargo... A finales de octubre de 2007 el Parlamento Europeo condenó con firmeza las violaciones de las libertades fundamentales cometidas en la República Islámica de Irán, y particularmente la condena a muerte del periodista Adnan Hassanpour. Se aprobó una resolución. Pocos días más tarde, el abogado del periodista supo que el Tribunal Supemo iraní había confirmado la sentencia de su cliente, lo que hacía que la ejecución pudiera llevarse a cabo en cualquier momento. Un auténtico desafío de Teherán a la comunidad internacional. Es cierto que, a finales de enero de 2008 se suspendió finalmente la condena a la pena capital. ¿Debido a las presiones internacionales ? Ya nos gustaría creerlo. Digamos que han sido más bien la tenacidad de su abogado y, para muchos, la revisión del caso de Adnan Hassanpour...
¿Cuantas resoluciones, declaraciones, cartas de protestan quedan si efecto ? ¿Hay que dejar, por ello, de escribir, de votar ? No, naturalmente. Pero hay que inventar nuevas medidas de presión, nuevos métodos de intervención, para desetabilizar a los enemigos de la libertad de prensa; descubrir sus fallos y adentrarse en ellos.
Cuando se siente se despojada, la Unión Europea amenaza con castigar. Solo que los tiranos no son escolares a los que se coge en flagrante delito de hacer trampas, y de los que se consigue que pasen por el aro con una regañina. El todopoderoso presidente de Uzbekistán, Islam Karimov, ni pestañea ante las sanciones de Europa. Como tampoco Robert Mugabe, en Zimbabwe, teme las medidas que se adoptan contra él. Congelación de sus haberes en el extranjero, prohibición de visados y desplazamientos a los Estados miembros, control de las exportaciones, reducción de las relaciones diplomáticas : las sanciones más graves no doblegan ni a las autoridades uzbekas, ni a las zimbabuenses. En ambos países, la situación de la libertad de expresión es catastrófica. Los escasos periodistas independientes que hay saben que están solos y hace ya mucho tiempo que no cuenta con la ayuda de nadie. ¿Otro ejemplo ? El embargo de venta de armas a China está en vigor desde... 1989. ¿Ha conseguido que dismiuyan las violaciones de los derechos humanos ? La respuesta la conocemos todos.
La cobardía de algunos Estados occidentales, de las grandes instituciones internacionales, perjudica a la libertad de expresión. Si bien nadie se corta a la hora de levantar la voz frente a los países en vías de esarrollo, poco estratégicos, la cosa cambia cuando los interlocutores se llaman Vladimir Putin o Hu Jintao. Entonces, los jefes de Estado cuelgan su toga de abogado para transformarse en representantes de comercio. Los intercambios económicos con China y Rusia son de tal envergadura que la cuestión de los derechos humanos raramente aparece sobre la mesa. Y, en esos casos, se hace a hurtadillas, rodeada de infinitas precaucions, entre la fruta y el queso. Los enfados - reales o fingidos - de los dirigentes chinos y rusos han bastado para engatusar a los más contestarios. ¿Quien se atreve todavía a hablarle al presidente chino del Dalai Lama, o a subrayar en su presencia los méritos democráticos de Taiwán ? Angela Merkel. Pero está muy sola. ¿Quien tiene el aplomo suficiente para aguantar la mirada helada del presidente ruso en el momento de hablar de la situación en Chechenia, o de la veintena de asesinatos de periodistas, cometidos en sus dos mandatos ?
Y además, los dirigentes de los países democráticos no tienen ganas de ponerse a mal con las grandes empresas, para quienes el tiempo empleado en esas cuestiones no hace más que retrasar la firma de nuevos contratos. La canciller alemana, otra vez ella, tuvo que aguantar las acerbas críticas de los medios de negocios alemanes cuando, en septiembre pasado, recibió al Dalai Lama en Berlín. Tuvo el coraje de defender algunos valores y poner fin a lo que calificó de "diplomacia de cartera".
La "realpolitik" hace el juego a los opresores. El presidente francés, Nicolas Sarkozy, ha tenido el mérito de intervenir diectamente para conseguir que pusieran en libertad a periodistas y ciberdisidentes encarcelados en Túnez, Chad y Vietnam. No han recibido el mismo apoyo sus colegas rusos y chinos que, sin embargo, lo necesitan mucho cuando faltan pocos meses para los Juegos Olímpicos. Si el Arca de Zoé se hubiera embarrancado en Grozny en lugar de Abéché, ¿qué habría hecho el Jefe del Estado francés para liberar a los tres periodistas pillados en la trampa de ese fiasco humanitario ?
Finalmente, la duplicidad de algunos "defensores oficiales" de los derechos humanos causa grandes perjuicios a las víctimas. En ese juego, la palma se la lleva Naciones Unidas. Y con gran ventaja. Mientras que, en Nueva York, el Consejo de Seguridad aprueba una resolución enérgica para intentar yugular la macabra letanía de violencias cometidas con periodistas, en Ginebra, el Consejo de los Derechos Humanos emplea la misma energía para librar de cualquier condena a los responsables de esas violencias. En 2007 el Consejo capituló frente a países como Irán o Uzbekistán. Patentados violadores de los derechos humanos, esos Estados consiguieron no solo evitar toda condena sino, más aun, que la situación de las libertades fundamentales en sus territorios ni siquiera se evocara en la sesión. Pocos meses después, el Consejo no renovaba los mandatos de los relatores especiales -unos expertos independientes enargados de obsrvar la situación de los derechos humanos- de Bielorrusia y Cuba. En 2008 fue el turno de Sudán, Somalia y la República Democrática del Congo que, con un golpe de mano, enviaron a sus casas a esos embarazosos testigos.
Resulta muy preocupante la falta de determinación de los Estados democráticos para defender los valores que se supone que tendrían que encarnar. Aún lo son más la renuncia, o la duplicidad, de quienes pretenden proteger nuestras libertades. Los periodistas sufren cada vez más violencia - en 2007 mataron a 86 periodistas - y medidas de represión coercitivas - más de dos periodistas detenidos cada día en 2007.
Ahora, las organizaciones no gubernamentales tienen que convencer al conjunto de los Estados para que cambien de actitud. Es necesario mantener la presión sobre los regímenes autoritarios, para que dejen de burlar con total impunidad las libertades de sus ciudadanos. Pero también es necesario - y cada vez más - empujar a los Estados democráticos, y a las grandes instituciones internacionales, para que defiendan esas libertades en todo el mundo. Encontrar defensores de la libertad de expresión más convencidos de sus responsabilidades, y por tanto más eficaces, es la nueva tarea que nos incumbe.
Robert Ménard
Secretario general
Jean-François Julliard
Responsable de investigación
Antes y durante los Juegos Olímpicos de Pekín 2008, decenas de periodistas, bloggers y militantes de los derechos humanos chinos fueron detenidos, puestos en situación de arresto domiciliario o expulsados de Pekín. Los JJO han terminado y nosotros pedimos la libertad de todos los que continúan en los calabozos chinos