Publicado el 7 de diciembre de 2005
Acusado de « divulgar secretos de Estado » y de « fraude », Zhao Yan se encuentra encarcelado desde el 17 de septiembre de 2004. De 43 años de edad, al periodista podrían condenarle a muerte, supuestamente por haber enviado a unos colegas del New York Times información sobre la jubilación del antiguo presidente Jiang Zemin. El actual jefe del Estado, Hu Jintao, ordenó una investigación sobre la fuga. Periodista comprometido en la denuncia de la corrupción en las zonas rurales, Zhao Yan era la víctima ideal para los servicios secretos.
La seguridad del Estado consiguió, en condiciones que no se han aclarado, una nota de Zhao Yan dirigida al corresponsal en Pekín del diario norteamericano, en la que le contaba no la dimisión de Jiang Zemin, sino solamente las tensiones existentes entre Hu Jintao y Jiang Zemin. El 7 de septiembre de 2004, el New Yok Times revelaba la intención de éste último de abandonar la dirección, lo que llevó a cabo el 19 de septiembre. El diario norteamericano desmintió que Zhao Yang hubiera sido la fuente de ese artículo.
Ex reportero de la revista Zhongguo Gaige (La Reforma en China), famoso por sus investigaciones sobre las condiciones de vida de los campesinos, Zhao Yan fue contratado como investigador por el diario norteamericano. Eso no impidió que la seguridad del Estado le detuviera en una pizzeria de Shanghai, después de localizarle gracias a su teléfono móvil. Vigilado por la policía, se sabía amenazado.
Actualmente está detenido en Pekín. Sus carceleros le niegan algunos tratamientos médicos, y retrasan si cesar el juicio. Maltratado en los interrogatorios, habiendo perdido más de diez kilos, se niega sin embargo a confesarse autor de ninguna traición. A pesar de las intervenciones del gobierno norteamericano, Pekín continúa negándose a que le visiten su familia, y su redacción. Su detención generó un clima de miedo entre las decenas de periodistas chinos que trabajan para la prensa extranjera, cada vez más presente en el país.
China, periodistas al asalto de la censura
Los medios de comunicación chinos, en plena expansión, siguen bajo la tutela del Departamento de Publicidad del Partido Comunista. Los directores de los periódicos disponen de todo el margen para aumentar los beneficios, gracias a la publicidad, modernizar sus publicaciones e incluso colocar el capital en bolsa. Pero tienen que respetar las consignas de las autoridades, e inculcar a su redacciones la virtud de la autocensura. Todos los días reciben instrucciones, para evitar los temas que disgustan al partido único.
El gobierno ha desplegado importantes medios para conservar las situaciones de monopolio de la radiotelevisión del Estado, CCTV, y de la agencia de prensa Xinhua. Y así se ha acelerado la edificación de una « gran muralla de las ondas », que permite interferir los programas de las radios internacionales. Con la colaboración de la empresa francesa Thalès, se han instalado antenas ALLISS en las cuatro esquinas del país, para bloquear los programas que llegan del extranjero.
El Partido Comunista ejerce el control de la información también mediante el miedo. Como el que, en 2004, generó en toda la profesión la detención de tres responsables del diario reformista Nanfang Dushi Bao. Después fue la vez de Shi Tao, condenado a diez años de cárcel por divulgar secretos de Estado. Se controla particularmente a los colaboradores chinos de los medios de comunicación extranjeros : Ching Cheong, corresponsal en Hong Kong del diario singapurense The Straits Times, fue detenido en abril de 2005. La seguridad pública sigue vigilando a estos periodistas y no duda en detener, amenazar o pegar a quienes violan la sacrosanta « Guía de los corresponsales que trabajan en China ». Por otra parte, están bloqueados decenas de sitios informativos, y drásticamente limitadas las inversiones de grupos internacionales de prensa en el mercado chino.
Con 31 periodistas encarcelados, China Popular es la mayor cárcel del mundo para la prensa. Pero los castigos más corrientes son los despidos o el aislamiento. Es lo que le ocurrió recientemente al redactor jefe de la revista Tong Zhou Gong Jin.
También, las autoridades locales, o las empresas privadas, utilizan regularmente las denuncias por difamación, y las agresiones. Decenas de periodistas se han visto así ante los tribunales, o han recibido la visita de sicarios, cuando se han interesado por malversaciones, en un país roído por la corrupción.
Antes y durante los Juegos Olímpicos de Pekín 2008, decenas de periodistas, bloggers y militantes de los derechos humanos chinos fueron detenidos, puestos en situación de arresto domiciliario o expulsados de Pekín. Los JJO han terminado y nosotros pedimos la libertad de todos los que continúan en los calabozos chinos